lunes, 18 de agosto de 2008

Día 7. Merzouga-Gargantas del Todghra


Amanecer en el desierto. Deben ser las 6 de la mañana, más o menos. La gente empieza a despertarse y desfila en busca de la duna más alta desde donde ver "el mejor amanecer", todos en silencio, como si hubiera que crear ambiente para el "momento mágico". Claro, que para los niños, sea la hora que sea, lo más divertido es tirarse por las dunas rodando como croquetas y gritando.

El día empieza a clarear pero hay nubes en el horizonte: quizás no podamos ver la salida del sol. De todas formas, siempre he pensado que es más espectacular el atardecer que el amanecer. Finalmente sale el sol en el horizonte, tras las dunas.
Ibrahim, uno de los chicos que nos guió hasta el campamento, nos llamó para desayunar algo antes de salir hacia Merzouga. Cuanto más tarde se hiciera, más calor haría durante el trayecto de vuelta...

¡Y otra vez el dromedario, mirándonos con cara de guasa!
Sin embargo, la vuelta se nos hace más corta que la ida.
Al llegar al albergue nos espera el desayuno. Luego, ya con el estómago lleno, nos damos una buena ducha, hacemos las maletas y nos despedimos de Alí y su hermano Said para continuar nuestro camino hasta las Gargantas del Todghra.

La carretera de Erfoud a Tinejad es muy árida. Una vez que llegamos a Tinejad, cogemos la carretera que sigue la llamada "Ruta de las Kasbahs", que discurre en paralelo a la cordillera del Gran Atlas.
Para comer, nos metemos en uno de los pueblos del camino y aparcamos en una calle bajo la sombra de un árbol. Sacamos nuestras últimas reservas de embutido ibérico para los bocatas bajo la atenta mirada de tres niños, que nos observan riéndose. Uno de ellos lleva una camiseta del Barça.

La siguiente parada ya es en Tinerghir. Allí comenzamos a ver el extenso palmeral que se extiende a lo largo de 12 kilómetros regado por las aguas que brotan en las mismas Gargantas del Todghra.



Nos alojamos en la Casa de huéspedes Taborihte, situada en el palmeral y cerca de las gargantas. Para acceder a la casa teníamos que cruzar un puente colgante sobre el río y al cruzar, entramos en un paisaje de vegetación y agua aprovechada hasta la última gota, como sólo los árabes saben hacerlo.



Nuestro primer paseo fue precisamente por el palmeral, siguiendo el trazo de las acequias por senderos poco marcados entre huertas y frutales hasta casi perdernos.

Nos fue imposible llegar andando hasta las gargantas, por lo que volvimos a coger los coches para llegar hasta las enormes paredes de piedra.

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